Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar extrañamente, bajo la influencia de su obsesión.

—Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre de Chopin, o de Sigfrido. Las amigas que vengan podrían vestirse de Walkirias. ¡Qué terrible sería Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el papel de Sigfrido, me meteré en el ataúd. Ella, si quiere, puede venir montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del cielo.

—¡Pero Muñoz, Muñoz!—gritó Charito alarmada.

Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus propias palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.

—Todo esto son fantasías—explicó—para distraerlas a ustedes. Cuando uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir más que para quitar el aburrimiento a sus amigas.

Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y apoyó la cabeza en el brazo de un sofá.

—¡Es que sufro tanto, tanto!

Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de piedad. Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenación contra Adriana.

Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz. Extendió luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le rozó con los dedos la frente, los párpados cerrados, parecía a punto de acercarle los labios. Pero hacía todo con actitud tan espontánea, tan natural, que Charito no se sorprendió.

Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta delicia, una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea de que ella, una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna y con el puro propósito de consolarle.