—¿El otro lunes?

—Sí, no te pido más.

—Tú quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...

—Te lo suplico.

—No, si el casamiento se postergara tres días, nada más que tres días, tal vez ya no me casaría, estoy segura. Óyeme... Precisamente, una de las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.

—Ah, ¿de modo que quieres tú misma atarte las manos?

—Ya no me casaría; y por el contrario, me daría horror el pensar que me caso con un hombre sin quererlo.

—Pues entonces, yo se lo diré todo a mamá, y a tío, para que no te permitan cometer esta locura.

—No lo harás.

—Te juro que lo haré.