Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo inquebrantable, ya no respondió una palabra.
Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de una última tentativa. Sorprendió en ella indicios de pánico. Más de una vez pudo observarla que se arrodillaba, creyéndose sola, y que oprimiendo contra el pecho un crucifijo, parecía pedir una inspiración al cielo. Era evidente que se sentía aterrada por la proximidad del día fatal.
En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente se realizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a Julio. "¿Cómo es posible—pensó—que sólo ahora, tal vez demasiado tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vaciló. Si Julio acudía, su presencia inesperada desarmaría en seguida la voluntad de Adriana, aun en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada. Únicamente se asustó por la posibilidad de que Julio no llegara a tiempo. Pensó hablarle por teléfono; pero desistió, temiendo que Adriana la sorprendiera. Llamó furtivamente a Lola, la sirvienta.
—Oye, tú llevarás una carta al señor Lagos, pero que nadie te sienta salir. Tomarás un auto, aquí tienes dinero; que dentro de cinco minutos tenga él esta carta.
Trazó nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribió la dirección. Pero cuando Lola iba a salir, entró Adriana. Adivinándolo todo, le quitó la carta.
Tuvo un ligero gesto de vacilación. Cerró los ojos, suspirando. Por un segundo se abandonó, desfallecida, a esta imaginación de Julio que sobrevenía para salvarla de Muñoz. Y ambos huían de la pobre Laura. Pero luego estrujó el papel con impaciencia y sonrió con angustia.
Raquel se retorcía las manos, consternada.
—¡Déjala ir!
—Si supieras, Raquelita, qué inútil sería también esta carta.
—A Muñoz no podrás quererlo nunca.