En tanto que su imaginación sobreexcitada la miraba regresar así al antiguo hechizo inquietante, no se preguntó una vez siquiera si era un bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfacción de que este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, habían concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta en las raíces de su ser. Ahora el corazón le latía con violencia agitado por esta sola idea: "el cura no tardará en venir, Adriana será de todos modos mía". Y ya no quiso pensar en otra cosa.
Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidió la realización del acto religioso.
XXVI
Apenas Adriana quedó sola, después de rechazar a Muñoz, entró en su cuarto Lola, para anunciarle con mucho misterio que abajo, en la puerta de calle, estaba la sirvienta de las Aliaga.
Ella palideció.
—¿Está sola?
—Sí, ha venido en un carruaje. Dice que trae un mensaje de la niña Laura.
Entonces, con el mismo ímpetu desordenado que pusiera días antes para resolver el casamiento con Muñoz, decidió ahora correr a casa de las Aliaga. ¿Qué pasaría a la pobre Laura? Acaso su anemia se había agravado...
—Oye, ordenó a Lola, dame el saco de piel, dame el sombrero gris, pronto, y no digas nada, tú no me has visto salir, tú no sabes nada de mí.
Dos minutos después, subiendo al carruaje, interrogó ansiosamente a la sirvienta de las Aliaga.