Adriana se hincó de rodillas y escondió el semblante entre las ropas de la cama.
—¡Ahora lo sabremos todo!—dijo Laura con resolución.
Y contrariando la actitud de su hermana, llamó gritando tan alto como pudo con sus débiles fuerzas:
—¡Muñoz! ¡Señor Muñoz!
—¡Estás loca!—exclamó Zoraida azorada. ¡No podemos dejar que entre aquí!
Pero ella siguió llamándole.
—¡Entre, Muñoz!
Apareció, su cara se iluminó también con la indecisa claridad azul. Traía el cabello revuelto y miraba con extravío a las muchachas fantásticas. No cambió su expresión a la vista de Adriana, ni pareció sorprenderle la presencia de Julio.
Laura le saludó gentilmente y con un gesto le indicó que se acercara. Pero él, rígido en el umbral de la puerta, parecía querer pronunciar una frase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora con una curiosidad infantil.
—¿Podría la sirvienta—dijo Muñoz al fin—acompañarla a su casa?