—Entremos,—dijo Muñoz. Busquemos una salita donde podamos conversar enteramente solos. La vida tiene cosas extrañas, muy extrañas, y uno se transforma y va dejando atrás los pedazos de su personalidad antigua. ¿Sabes que aprendí a dudar? Ya no me parecen absurdas aquellas ideas tuyas, porque ya no encuentro nada seguro en la tierra...

Se rió con una risa nerviosa, sin saber por qué, y miró en los ojos a su amigo. Después llamó; acudió un groom vestido de verde, a quien pidió que trajera licor. Como si el viejo resentimiento le dominara de nuevo, no se decidió a empezar su confidencia. Le comunicó la terminación de sus estudios y su nombramiento para la secretaría de un Juzgado.—Sin embargo, agregó, la magistratura no me entusiasma; en ella entraré por no defender pleitos. Tal vez renuncie y me vaya lejos... al Egipto, a la India, a cualquier parte donde pueda arrancarme del todo la personalidad que tengo, y dejarla aquí, como un estropajo... No, no deliro... Es una forma de decir para explicarte... Pero cuenta primero qué has hecho tú, en estos cuatro años. Has estado en Europa, ya lo sé. Supe también que habías vuelto, pero que nadie te ve desde entonces; se cree que has venido con alguna "liaison" y que vives escondido. Siempre fuiste un misterio, ya en el colegio. Y ahora te lo confesaré: en la Universidad, a pesar de considerarte yo superior a todos mis compañeros, te tomé odio a causa de ese carácter ensimismado tuyo. De pronto desaparecías, te ibas al campo sin despedirte de nadie, y corrían rumores de aventuras raras. A mí se me ocurría que fingías, que tratabas de hacerte una aureola romántica. ¿No era así?

Julio sonrió, sin responder.

La cara muy blanca, su frente descendía ancha y recta, desde la raíz de los cabellos, empujando algo las cejas por encima de las pestañas. Los ojos miraban con una suavidad retraída, y la fisonomía rara vez se animaba sino con aquella ligera sonrisa de los labios delgados.

—Ese mismo gesto lo hacías siempre, cuando te interrogaban sobre tales asuntos,—añadió Muñoz.

Pero no tenía ahora curiosidad alguna de saber nada acerca de su amigo, sino simplemente un ansia de desahogar con él su corazón henchido por el sufrimiento.

—¡Bah!—dijo Julio respondiendo a la acusación de Muñoz,—yo te juro que esa actitud mía no era orgullo. Venía, simplemente, de cierto pesimismo, algo así como sintiendo la inutilidad de confesar nada... Me parecía que de todos modos lo realmente mío a ninguno de ustedes podría interesar. O más bien... me repugnaba mostrar las intimidades de mi espíritu. Ya ves, te hago una verdadera confesión, te haría todas las que tú quisieras.

Con el ánimo de crear un ambiente más cordial y propicio para la confidencia, procuró Muñoz halagarle, mientras apuraba copitas de verde Chartreux, para salir de su abatimiento.

—De lo que no me olvido es de aquel ruidoso examen tuyo en que presidía la mesa el profesor López Azúa, que no pudo salir con su gusto de aplazarte.

—Y me lo tenía prometido formalmente.