—¡Ah!—exclamó Muñoz, enrojeciendo. ¿La conociste en casa de Charito González? ¿Tú vas a casa de Charito González?
—No; la conocí en casa de las Aliaga.
—Estoy seguro que dijiste... en fin ¿una amiga de Charito González? Yo conozco a todas sus amigas.
—No importa. Esta es la hija del hombre que se mató por la viuda de Aliaga.
Muñoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.
—Entonces no cabe duda, murmuró fingiéndose distraído, toda esa es gente fantástica. Yo le preguntaré a Charito sobre sus amigas. No son mi tipo, te lo advierto... Así, agregó enrojeciendo otra vez, no habrá celos entre nosotros.
Y se rió, con una penosa risa de sarcasmo.
—La conocí en casa de las Aliaga, repitió Julio. No haría nada por encontrarme con ella, precisamente porque me impresionó mucho. Hay mujeres cuya idea nos subyuga como el destino... nos atraen, pero uno siente que la voluntad no debe intervenir para nada.
Volví a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio. La observé atentamente. Había en toda su persona una armonía que no fallaba por ningún detalle, y ese algo indeciso que fluctúa sobre la expresión de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte la presencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo haría infinitamente precioso. En el amor, Muñoz, hay cierto momento en que se nos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra la simple pasión, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, se para, por decirlo así, en el umbral de su propio amor. ¿Has leído "La Vita Nuova"? Dante la escribió sobre Beatriz, a la que siempre contempló desde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y después que muriera, estuvo revelándole los misterios divinos.
—Por lo menos, murmuró Muñoz sardónicamente, un marido que se hubiese casado con tu Beatriz no tendría nada que temer.