—Unos tres años.

Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera podido tocar sin sobrecogerse.

—Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre papá...

Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido, en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.

—¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...

Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.

—¿Zoraida? ¡Por Dios!

Adriana se confundió:

—Te quería preguntar...

—¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después... cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses... ¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!