—¿Y piensas recibirle así?—dijo Carmen mirando a Laura de arriba abajo, sorprendida de su desaliño.
Ella le respondió con un ligero gesto de fastidio.
—Pero tú, Adriana, mientras ellas suben con él, vendrás a conversar conmigo. Luego subiremos también, si quieres, aunque no sé qué interés podrías tener en conocerle, ahora...
Se sentaron juntas tomándose las manos, mientras oían la voz juvenil y expansiva del visitante resonar en el vestíbulo.
—¿Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.
—¿Y no te cuidas?
—Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me decido a ir. Me moriría, te lo juro... Debe parecerte muy rara la indiferencia mía para con José Luis. Tú sabes toda la historia; no necesito preguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo de habérsela contado también a Julio.
—¡Oh, no! No lo pienses, Laura.
—Es lo mismo... Quería decirte que él me hace ahora la impresión de un simple extraño, precisamente la impresión que yo había imaginado, cuando dijeron que volvía de Europa.
—¿No te habrás sugestionado, entonces, con esa imaginación? El amor se relaciona tanto con nuestras ideas, con nuestras fantasías...