(Llorando también.) Bueno; ¡se ponen ustés que tie uno que hincarla!

Antonio

¡Además, que esto del valor es una patraña ridicula! El valor es una cosa que la tiene todo el mundo cuando le hace falta. ¿Qué valor puede tener un pobre muchacho que está de sacristán en unas monjas? Pues un día le llega su servicio, le visten de soldado, y hala, adonde le manden. Y va un señor con unas cuantas estrellas en cualquier lado y le dice: «Quieto aquí, aunque te maten, porque si te mueves, te fusilo»... Y el hombre, entre el miedo de que le maten y el terror de que le fusilen, se hace un lío y no se mueve, pase lo que pase, y ¡es valiente! Pues eso me ocurre a mí. O me matan en la casa de Andorra, o nos fusila el hambre... ¡pues no nos fusila, no!... Son mil pesetas, ¡mil!... ¡Tú, vestidita, abrigada, con tu cocidito todos los días!... ¿Que no sirvo para el cargo?... Sirvo, hijos míos, sirvo... ¡Lo mismo que otro hombre cualquiera!... ¡Ya veréis si sirvo!... ¡Ya veréis si soy valiente!... (Llaman a la puerta.) ¿Quién?

ESCENA XI

DICHOS y SEÑOR TÁRSILO, foro.

Leonor

(Que va a mirar. Con terror.) ¡El portero! (Pausa.)

Antonio

¡Hombre, el señor Társilo!... ¡Ese bárbaro!... ¡Me alegro!... Ahora vamos a ver si sirvo o si no sirvo. Dejadme solo con él.

Leonor