Dios, sí; pero como el patrón era para un niño mayorcito, si no he calculado bien las medidas, pues... ¡En fin, sea lo que Dios quiera!

(Vase.)

Antonio

¡Ánimo, hija mía, ánimo!... (Cierra la puerta.)

ESCENA IV

DON ANTONIO, solo.

Antonio

¡Bueno, se me parte el alma... porque eso es un ángel!... ¡No cenó anoche, no ha desayunado... pues ni una lágrima, ni una queja!... Sin abrigo, sin alimento, y a los dieciséis años, ¡y tan espigadita como está!... Creciendo, delicada... y a pesar de esto, la pobre hija, por no verme sufrir, por ayudarme a sobrellevar estas miserias, se lanza a todo. Ella costurera, ella modista, ella planchadora, ella peinadora. Y es natural, como la criatura no tiene nociones de nada.... y todo lo hace por afición... por afición a comer, ¡claro!... ¡Pues da cada tropiezo el ángel!... Ayer se empeñó en ondularle el pelo a la señora Cipriana, la del fumista, que iba a una boda. La empezó a ondular, y ¡bueno!... ¡qué cabeza la puso!... Aquello no era ondulación, aquello era un oleaje encrespado. La achicharró las patillas, la tostó los abuelos; unos pelos los tenía quemados, otros de punta... ¡Un desastre! Había que oír a la pobre mujer, con una cabeza como la de Medusa y el añadido en la mano, gritando amargamente... «¡Ay, mi mata!... ¡Ay, en cuanto me vea mi marido!... ¡Mi mata, Dios mío!... ¡Mi mata!...» Yo me eché a sus pies para aplacarla y de poco me mata de un puñetazo... Estaba furiosa... ¡Claro, la pobre había perdido la cabeza, pero para una temporada!... (Llaman fuertemente a la puerta.) ¡Santo Dios, qué llamada más recia!... Me suena al animal del portero. Sí, él debe ser, porque hoy estamos a nueve, y yo le dije que viniese el nueve. Claro que le dije el nueve como le hubiera podido decir el cuatro mil setecientos noventa y cinco... porque lo que es pagarle... Y con lo bruto que es, ¡Dios mío!, se va a poner hecho una fiera... ¡Le tiemblo a este salvaje!... Me alegro que no esté la niña. (Vuelven a llamar más fuerte.) Voy, voy...

ESCENA V

DON ANTONIO y SEÑOR TÁRSILO, del foro.