Num.
Pues bien, ¿al entrar yo en el salón de lectura tú no leías nada en mis ojos?
Men.
No, señor; yo casi nunca leo nada.
Num.
¿Pero no te chocaba verme huraño, triste y solo, metido en ese rincón?
Men.
Sí, señor; pero yo decía: será que le gusta la soledad.
Num.
Y eso era, perspicaz Menéndez, que me gusta la Soledad... pero no la de aquí, sino la de ahí enfrente.