Tuliqui (Mirando fondo derecha.)—¡Mirarla; por allí viene a tóo correr!
Melquiades.—Buscándome como una loca. Veréis qué chifladura le ha entrao por mí.
Tuliqui.—Vamos a escondernos. (Se ocultan detrás de un árbol del fondo izquierda.)
Melquiades.—No reiros muy fuerte, no se escame.
Benita (Sale corriendo, muy remangada, con un paraguas, abierto chorreando.)—¡Hola, señor Melquiades! ¿Ha visto usté que chaparrón?
Melquiades.—Te estaba esperando, vida.
Benita.—¿A mí? ¡Ay, cuánto lo siento!, porque el caso es que tengo un compromiso con... con un joven... (Llamando.) Avelino: aquí.
Avelino.—Aquí estoy. ¡Vaya un diluvio! (Sale con un pañuelo sobre el hongo, todo mojado, y los pantalones muy subidos, igual que el cuello de la americana.) ¡A casa, que llueve! (Se cogen del brazo, y, muy tapados con el mismo paraguas, se van riendo por la primera izquierda y despidiéndose con la mano, guasonamente del señor Melquiades, que queda estupefacto. Al mismo tiempo aparecen por detrás del árbol donde se ocultaron, las caras rientes y burlonas de Tuliqui, Virutas y Bernabé.)
Melquiades.—¡Mi madre!
Tuliqui.—Oye tú: ¿y era esa la locura?