El lugar está desierto; anochece. Pasa un farolero encendiendo los faroles; a poco, a lo largo de la calle, brillan las lucecitas del alumbrado público. Se escucha el pregón, muy lejano, de un vendedor ambulante, y, mucho más lejana, la música, casi imperceptible de un organillo. En una taberna próxima, en cuyos cristales resplandece una luz rojiza, se oye un desacordado guitarreo. Un borracho, con su voz incierta y ronca canta dentro:
Eche usté cuatro botellas
y aquí me dejo la capa,
que aluego vendrán por ella.
(Un coro de voces infantiles canta lejísimo como un eco perdido:)
Ramón del alma mía:
del alma mía, Ramón;
si te hubieras casado
cuando te lo dije yo.
(Vuelve a quedar todo en silencio. Se acentúa la obscuridad; en las fachadas de las casas lejanas, van brillando tenues lucecitas. Aparecen por el primer término izquierda, Nieves, envuelta en un mantoncito de crespón negro, muy repeinada, con su faldita estrecha y sus zapatitos de charol, acompañada de una Vieja, astrosa, con cara de bruja, encorvada, que lleva mantón raído y un pañuelo viejo a la cabeza.)