—Abra usted, tiíta Silda, soy yo.
Como pudo, bajó de la cama; en camisa y descalza, con el maldito reuma prendido a la cintura, y tiró del pasado. Quilito entró, arrebujado en la bufanda.
—Tiíta, vengo a que me dé usted veinte nacionales, pero ahora mismo, inmediatamente.
—Pero, muchacho, ¿qué pasa? déjame acostar... Dime, ¿para qué quieres veinte nacionales? ¡y a estas horas!
—¿Me los da usted o no me los da? Cuando le digo que los necesito...
—Ve ahí en la cartera... sobre la cómoda; no sé si llega.
El joven buscó el bolsillo de tafilete. Abriólo y cogió dos billetes de a diez nacionales; los guardó, y sin decir más palabra, salió del cuarto y de la casa. El golpe de la puerta de calle retumbó, como un cañonazo. Misia Casilda quedó espantada, temblando más de susto que de frío.
—¡Ah! ¡Dios mío! ¡se va a jugar! Quilito juega, Quilito juega... ¡Dios mío, Dios mío!
Pasó el resto de la madrugada en vela, y el alba la encontró acurrucada en la cama, los ojos arrasados de lágrimas amargas; se oían rodar los carros en la calle, cuando entró el niño.
—No, no le diré nada a Pablo todavía—pensaba la señora.—¡El dice que hay que dejar a los jóvenes probar de todo, para enseñarles a vivir!