—¡Sí, recuperarlo, pero cómo, cómo, Dios mío!—exclamó.
La mosca impertinente volvió, agitando sus alitas impalpables, y ella no la rechazó, como antes, la acarició, al contrario... ¡Sí, se humillaría hasta hundir la frente en el polvo! se trataba de salvar a Quilito, y si no había más medio que ése, el último, a él, apelaría, con los ojos cerrados.
De pronto, se acordó que el joven no había vuelto todavía; si no era a ver a don Raimundo, ¿a dónde habría ido? El temor de que fuera a realizar su amenaza de suicidio, la asaltó, arrancándola del sillón. Desatentada, salió al patio, gritando a Pampa si el niño estaba en su cuarto, a tiempo que la reja se abría y entraba Quilito.
—¡Ah! ya vuelves—dijo la tía con sofocada voz.
Hízole entrar en la sala, y estrechando sus manos con fuerza, descompuesta, loca, prorrumpió en esta pregunta:
—¿Qué has hecho, hijo mío, qué has hecho?
Quilito, pálido, no comprendía. Y la tía, sin soltarle, repitió su pregunta desolada:
—¿Qué has hecho? ¿qué has hecho? ¡Alguien te ha aconsejado mal, te ha arrastrado al crimen, porque tú has sido siempre bueno, has sido honrado, honrado como tu padre y como tu abuelo!
—Tía, ¡por Dios!
Misia Casilda le soltó, y sentándose en el sillón, porque sus piernas, flojas, no podían sostenerla, repetía, llorando: