—¡Que no vuelvas tarde!—apuntó la tía.

Concluyó tristemente la modesta comida; con el último bocado se levantaron y Pampa entró a quitar la mesa. Siempre sucedía lo mismo, cuando faltaba el niño; era él el alma, la luz, el calor y la alegría de la casa, y sabía con su picante charla entretener a los viejos, que babeaban, escuchándole; ¡qué de cosas refería, qué ideas las suyas y qué pico de oro aquél!

—Casilda—dijo don Pablo Aquiles a su hermana,—voy a salir; cuidado con la reja del zaguán, y no dormirse hasta que yo vuelva, que no será tarde.

Abrigado en su ruso, que llevaba más de seis inviernos encima, salió a dar su paseíto higiénico de costumbre; podía él perder la sobremesa, y aún la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo de digestión, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada día.

Nadie hubiera dicho que era aquélla, noche de popular regocijo, en que se celebraba una fecha memorable, tales eran la soledad, la tristeza y el silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo Aquiles quedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro del bullicio, pero él pensaba lo que era en sus tiempos aquella fiesta: de día, pruebas, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria, y fuegos artificiales, por la noche. ¿Qué digo en sus tiempos? hasta hace poco se cumplía idéntico programa. Pero, como si la ciudad se avergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades a la moda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a los barrios extremos, y ha quedado la gran plaza solitaria y fría, en medio de los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba por estas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presidía entonces a las fiestas: en las pruebas, de día; en los fuegos, de noche, que servían de pretexto para animada tertulia, no de soldados y niñeras, compadritos y pilluelos, sino de damas principalísimas, que no tenían a menos descender de sus salones a la arena de la plaza. ¡Cuánta mirada de amor, cambiada entre dos volteretas del acróbata! ¡Cuánto pacto amoroso, sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores! ¡Qué alegría entonces! los balcones ostentaban colgaduras y las ventanas ramos de olivo y de laurel; las músicas recorrían las calles, y el himno nacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba también el amor su himno y el nombre de Pilar aparecía asociado al de la patria en aquel día de tantas emociones. Después... los desengaños, la miseria, la vejez. ¿Qué mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste? Pero él no lo atribuía al lente de su pesimismo, y se decía:

—O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogándolo todo.

Seguía su camino, apoyado en el bastón, mirando, con burlona sonrisa, los colgajos de las tiendas de carne y comestibles: las ramas de sauce de la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa exposición del escaparate; en las casas, muy pocas banderas se veían, pero conforme iba acercándose a las calles centrales, los establecimientos públicos y los comercios de lujo resplandecían de luces: en el borde de las cornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya en haces, ya sueltas, encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero, la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto alguna; el silencio y la falta de animación contrastaban con el alegre espectáculo de las iluminaciones. Hacía aquello el mismo efecto que un salón de baile, adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los convidados. Con el estruendo de costumbre sobre el malísimo empedrado, pasaban muchos carruajes, cuyos cristales, empañados por el frío de la noche, dejaban apenas percibir la blanca forma de una dama de copete; y seguían los tranvías su trotar monótono, entretenido el conductor en regalar el oído de los viajeros con espantables sonatas de corneta.

Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedóse un rato, embobado como un chiquillo, mirando las luces y las banderas. Y cátate que cuando más distraído estaba, deslumbrada la vista por los resplandores del Cabildo y de la Catedral, sintió a su espalda el galopar violento de soberbio tronco y al volverse, vió a Quilito, a su hijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. ¿Quién diablos iba en aquel carruaje? Vióle don Pablo llegar a Colón, abrirse la portezuela y bajar dos niñas de blanco, que al punto no reconoció, y luego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrás, como cosido a sus talones, al mismo, al mismísimo Quilito. ¿Era casualidad? ¡Lo que le dió aquello que pensar! Volvióse mohino, con la boca amarga sin saber por qué, tan preocupado, que tropezaba en la acera con las bandadas de lindas muchachas, que se dirigían al teatro, ávidas de presenciar la función de gala. Echóse al medio de la calle, para caminar con más desembarazo.

Cuando llegó a casa, Pampa dormía otra vez en el umbral de la puerta.

II