Estaba transformado don Pablo, y hasta los pájaros de la pantalla debieron volver sus cuellos arqueados y sus largos picos, asombrados de oír hablar así al viejo pusilánime que, noche a noche, iba a contarles sus tristezas.

—¡Ah! Pablo, Pablo—dijo misia Casilda con un suspiro,—no es tu corazón el que ahora habla.

Recordarle a ella los hechos pasados, cuando su memoria, reavivada por el rencor, se los presentaba día a día, más patentes cuanto más lejanos, tenía razón, muchísima razón: era horrible, era injusto, era inicuo... ella no excusaba a Quilito, pero, en la situación en que se encontraba, había que salvarle, ¿de qué manera? veinticuatro horas hacía que estaba sufriendo esta tortura, y no halló más salida que esa, la más difícil... Y pensarlo bien, ¿no era más humillante que el pagaré cayera en poder de Esteven, quien podía creer que ella y el padre estaban complicados en el enjuague?

—Pero, ¿dónde está el enjuague?—replicaba don Pablo.—Esteven dirá al prestamista: ¿Y a mí qué me cuenta usted? y le despedirá con cajas destempladas. Porque si el prestamista se ha contentado con la palabra del chico, ya está aviado.

La señora no tenía argumentos que oponer a estas razones, porque el gordo, el de la firma falsificada, no lo largaría ella jamás; pero insistió en lo crítico de la situación, en los pasos inútiles que habían dado, ella y el mismo Quilito.

—Si tú pudieras hacer algo—decía,—pero no, tienes las manos atadas, y, ¿acaso, una finca se enajena con la facilidad de un objeto cualquiera? hay que darse cuenta, Pablo, de la espantosa desgracia que pesa sobre nosotros. Quilito está obligado a pagar esa suma mañana, y si no puede, se matará; le conozco demasiado.

—¡Todo, menos eso!—repetía, don Pablo Aquiles, agitándose en el sillón.

Y misia Casilda, aferrada a su idea salvadora, repetía que era pedir lo suyo, ahora que se necesitaba, y a título de préstamo: una vez reintegrado, que siguieran gozando de la fortuna benditos de Dios, porque los treinta mil pesos serían reintegrados y cuanto antes: ese dinero les quemaría las manos, con ser de su propiedad, como era. ¿Y creía él que ella no sufría de verse en la dura necesidad de recurrir a Gregoria, su implacable hermana? Al subir la escalera de aquella casa, iba a parecerle que subía los peldaños del cadalso...

—¿Qué hacer, Pablo, si no? ¿qué hacer?

Pero don Pablo no cedía, ceñudo e iracundo. ¡Iba a matarse, decía el niño que iba a matarse; después de asesinar a su padre, bien podía hacerlo, en desagravio! ¡y asesinado de qué manera! a traición, con alevosía.