—Verá qué contenta se pone, tía Silda, porque ella la quiere, en el fondo, en el fondo, la quiere...

Pero, misia Casilda, temerosa, la retenía, diciendo que no deseaba incomodar, que se marchaba.

—¡Marcharse usted! no faltaba más, tía, sin ver a mamá.

Se escapó, gritando alegremente:

—¡Mamá! ¡mamá!—como un ángel que va a anunciar la buena nueva.

La señora se había puesto de pie, pálida como un cirio... y si sus piernas la hubieran obedecido, habría huído de aquella casa, donde nada tenía ya que hacer, puesto que su intención era otra bien distinta de la que la santita le prestaba: repugnábale pasar por más generosa de lo que, humanamente, se creía capaz... Y se oyó la vocecita fresca:

—¡Es la tía Silda, mamá, es la tía Silda!

Y cuando ésta buscaba con los ojos espantados un agujero donde meterse, donde no la vieran, misia Gregoria se presentó, traída de la mano por Susana, radiante... En la puerta se detuvo y las dos hermanas, frente a frente, se miraron, con asombro de verse así, tan cerca, después de veinte años; ni una ni otra habló, rígidas las dos: Susana empujó a la madre suavemente.

—Es la tía Silda, mamá; abrázala, porque es muy noble lo que ha hecho, de acordarse de nosotros, ahora que ya no somos ricos.

La de Esteven, arma en ristre, asestó el primer golpe, diciendo entre dientes, con amargura: