Quilito se descubrió la cabeza; tenía fiebre. La marea le mojaba ya los pies, y se retiró al otro extremo del tronco: miraba el agua avanzar y decía:
—Cuando llegue hasta aquí y los faroles del muelle se enciendan, entonces, entonces... Es inútil, será cierto y muy razonable todo eso, pero yo no quiero la vida, lo repetiré cien veces; ni ante mi padre, ni ante Susana me atrevería a presentarme ahora, aunque estuviera seguro del perdón del uno y del amor de la otra. No y no. Aun en el supuesto de que pudiera echarse tierra sobre la falsificación... ¿qué porvenir me espera? ¡trabajar, trabajar siempre! porque de esto sí estoy convencido, el juego no saca de pobre a nadie: los jugadores son ricos de relumbrón, y aun así, en las raras ocasiones que la suerte les permite brillar, pues, a lo mejor, se quedan a obscuras por larga temporada... y con franqueza, yo no podría trabajar, no podría; ¿acaso me voy a poner detrás de un mostrador? ¿a entrar de cagatinta en una oficina? ¿a ir de guardador de ovejas a una estancia? ¡sería vergonzoso! y como carezco de capital, me sería imposible emprender un negocio cualquiera... Creo que, si lo tuviera, el capital, lo jugaba de un golpe, a ver... No sirvo, pues, para trabajar, y no pudiendo avenirme, naturalmente, con mis gustos y mi educación, a hacer las del tío Agapo, me doy yo mismo el pasaporte... Ya llega, ya llega el agua y el farol de la punta del muelle está encendido... pero, todavía no...
La noche cerraba, y bajo los sauces el frío y la obscuridad aumentaban; sobre la superficie del río, brillaban, desparramadas, lucecitas amarillas, a lo lejos, que se movían, como fuegos fatuos. En el cielo, ni una estrella; los ecos del paseo se habían acallado... Quilito sacó el revólver.
—A ver quién es más valiente—dijo acariciando el arma;—por mí te prometo que no he de temblar; pero no vayas a echar el tiro por la culata: recto al corazón y me lo partes, para no sufrir más...
Suspiró, guardó otra vez la alhajita y abandonó el tronco, internándose en el sauzal. Un hombre iba delante de él, andrajoso, con un saco a la espalda, recogiendo los residuos de toda especie que encontraba: huesos, ramas, papeles, trapos, canturriando para amenizar su faena; llegó así a un sitio, cerca del terraplén del ferrocarril, en que había dos enormes caños de estos que debieran servir, y no sirven, para las obras de salubridad, abandonados, y se sentó sobre una piedra, dejó el saco repleto en el suelo, sacó la colilla de tras de la oreja y la encendió... A la luz del fósforo, Quilito reconoció al gran Menipo, o sea Agapo, en prosa llana. Ya el otro le había sentido, y se vino derecho al bulto, con la cerilla en la mano.
—¡Sobrinito!—exclamó el filósofo,—¿qué haces aquí, en mis dominios? Vienes a visitarme, ¡qué amable! pues, haremos los honores, como corresponde... Esta es mí casa: ¿ves ese caño maestro? ahí tengo el dormitorio; bien tapado por un extremo, echo el poncho y duermo dentro muy abrigado y a gusto; el otro, más pequeño, me sirve de despensa... mi lavabo está enfrente: el río, con agua limpita y fresca... y nada más, no necesito más... hasta chimenea tengo: el sol, de día, y de noche no me faltan ramas secas para hacer una hoguera. Pero, ¿qué demonios te ha dado por venir aquí? es ocurrencia, ¡ajo! ¿has comido? no te invito, pues tú vendrás de esos cafeses de lujo, harto y reharto... pero no creas que mi cocinero es malo; voy a encender mi hoguera: hoy es día de San Juan.
En un periquete, preparó una pila de rastrojos y la prendió fuego. Y sentado en la piedra, sonreía al sobrinito, quien, a caballo sobre el caño pequeño, miraba, ensimismado, la alegre llamarada...
—¿Qué tal mi chimenea? no hace humo, como las de los ricos... Pero, explícame, ¿cómo te encuentras por estos andurriales? ahora, cuando te vi, se me figuró que serías alguno de esos pilluelos, que vienen a robar en mi despensa: por eso me eché encima de ti, sin prevenirte... Ni soñaba, hijo, que pudieras ser tú, ¡ajo! ¡miren al Varguitas, el rey de los cajetillas, en casa del tío Agapo! Me pareces triste, Quilito; estás paliducho, con muchas ojeras... vamos a ver, ¿de qué lado te duele? El tío Agapo es médico, y de los buenos, precisamente porque no ha estudiado: el estudio seca la mollera y hace evaporar el talento; mira si no: los que se comen los libros son, generalmente, los más brutos... Conque, dime lo que te pasa, ¿es un dolor de bolsa lo que sientes o, simplemente, una nanita pasajera?
El joven quiso sonreir, y contestó, con esfuerzo, que ni la Bolsa ni la prima venían a cuento ahora; él andaba por allí... por capricho, porque le daba la gana.
—Bueno, hombre, no te enojes; el geniecito de la familia...