—¿Irme yo? ¡pues no faltaba más! si el mismo derecho de estar en la casa que usted lo tiene mi niño, como que lleva su sangre.
—¡Cállese usted!—dijo Pablo Aquiles, ahogado y descompuesto.
—Que no y que no; he de gritar y me han de oír los sordos, me quiere usted echar a la calle, ¿eh? pues lo veremos.
Se sentó en el umbral de la puerta que caía al patio, como quien ocupa cómoda tribuna para hacerse oír de los vecinos; a sus voces se unió el llanto del niño, y ante tamaña algarada acudieron Gregoria y Casilda, sorprendidas. Verlas la Pepa y descargar su boca cuanta palabrota y desvergüenza llevaba almacenadas, fué instantáneo; hecha una fiera, las guedejas caídas sobro los ojos, increpaba a todos con el puño cerrado, maldiciendo del difunto, a quien condenaba a los fuegos del infierno.
—No le han de valer rezos ni responsos—vociferaba, ¡miren el muy hipócrita, que comía los santos y besaba la pezuña a los frailes, que se daba disciplinazos y se ponía cilicio, dejar en la calle a mi niño, a su hijo, tan hijo como ustedes y con tanto derecho a llevar su nombre! ¡Hipócrita santurrón!
—¡La hipócrita y la deslenguada es usted!—exclamó Pablo, furioso, cogiéndola del brazo y tirando de ella.
Se empeñó una lucha deplorable en medio del patio; chillaba el chico, y las muchachas, asustadas, refugiáronse en sus habitaciones.
—¡Déjeme usted, que me hace daño!—decía Pepa, agarrada con ambas manos a la reja del zaguán.
Pablo Aquiles la soltó. Ella recogió su mantón, se arregló los pelos, limpióse las babas con la bocamanga.
—Queden ustedes con Dios—dijo,—me voy, pero al juzgado; ¡la ley ha de ampararme!