—En la Bolsa.
—¡Esperaré!
—Déjale pasar—dijo misia Casilda desde adentro.
El atorrante entró en el comedor; iba menos rotoso y sucio que de costumbre, porque para esta visita hacíase esmerada toilette, en lo que cabe.
—¿Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?—exclamó Agapo, sentándose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrienta mirada a la alacena.
La señora tenía dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con su semblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia.
—Tengo un dolor de cabeza...—dijo ella, llevando una mano a la frente.
Fué a la alacena, sacó un plato en que se veían restos de los hojaldres desdeñados por el niño la noche antes, y lo puso delante de Agapo, quien, dejando finezas a un lado, empezó a devorar glotonamente.
—¿No estás borracho?—preguntó la señora, mirándole a la cara.
—¡Oh! no—protestó el atorrante.