—¡Pampa!—chilló allá arriba una voz atiplada.
Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió disparado de las alturas y, rebotando contra los peldaños de la escalera, vino a caer en medio del patio.
—¡Voy, niño, voy!—- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada a aquella singular forma de llamamiento.
—A ver si te mueves, ¡china salvaje!—chilló de nuevo la voz atiplada.
Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una bomba. La muchacha echó a correr escalera arriba, a tiempo que salía del comedor misia Casilda, con su cara de muñeca sin expresión, tan rosada y lustrosa que de porcelana parecía, y el pelo partido al medio y recogido detrás de las orejas, ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.
—¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en la puerta de su santuario, limpiando sus manazas en el sucio delantal.
—¡Pues el niño, señora!—dijo en su jerga endiablada.
Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano. Naturalmente, ¿quién había de ser sino ella? Siempre que el niño llama, ha de incomodársele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya es tarde, y la salida queda para otro día.
Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin chistar, y puso la mesa con el orden y simetría de siempre: en la cabecera, el cubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de misia Casilda, y a la izquierda, el del niño; luego, los vasos, el pan, la servilleta... nada olvidaba, y si, por acaso, cometía una torpeza, allí estaba la muñeca de porcelana, vigilante en el sofá. Entretanto, había obscurecido ya; se encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tan frío y desmantelado, que más hubiera valido no encenderla: la calva de don Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea, resplandeció como bruñida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos que adornaban las paredes, se animaron con la crudeza de sus colorines. Daba la chica la última mano a su tarea, cuando sonó, de nuevo, la voz atiplada en las alturas.
—¡Voy, niño, voy!—repitió maquinalmente Pampa.