Decía mi corredor, como diría mi zapatero.
Quilito contestó:
—En la Bolsa le encontrarás.
Y cuando el otro salía, acompañado del chasquido de sus suelas, le asestó esta cuchufleta:
—¿Y qué tal la diputación? ¿te nombran; quiero decir, te eligen, por fin?
Reíase del flamante doctor, aunque con secreta envidia. Todavía no había alcanzado él la suspirada borla, pero se consolaba, porque él tenía también su corredor.
Pasaba el tiempo. Míster Robert escribía imperturbable, abstraído en su tarea, como si estuviera solo. Quilito tiró el cigarro y se acostó en el sofá, bostezando. Cerró los ojos, decidido a esperar la vuelta del primo durmiendo, porque la compañía del inglés, a quien nadie arrancaba de sus libros, era más soporífera que una infusión de opio. La mampara volvió a abrirse, y apareció primero una chistera descomunal, luego una cara de muñeco llorón y por último un cuerpecito ataviado de larga levita, y botas altas, que todo él hubiera cabido, como en una funda, dentro del sombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traía el faetón. Quilito saltó del sofá y fué a la puerta a ver el carruaje. ¡Qué corte más elegante tenía y cómo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! el caballo, un alazán hermosísimo, tascaba el freno, impaciente, moviendo sus piernas finas y nerviosas.
—¿No has visto al niño?—preguntó Quilito al lacayo.
El chico contestó que no, ajustándose el sombrero, que parecía venirle algo grande.
—Mira que concluirá por cubrirte del todo—dijo el joven riendo.