—Amigo Rocchio—dice Jacintito tirando desapiadadamente de la punta de sus bigotes,—va usted a comprarme quinientas acciones del Banco Vitalicio.

—Y otras quinientas para un servidor—dice el joven Vargas con mucho aplomo.

—Perfectamente—contesta Rocchio,—pero... andar con cuidado, no sea cosa que se les vayan los pies.

Los dos clientes se encogen de hombros y se marchan a ver los telegramas expuestos.

—En la primera alza las vendemos—dice Jacinto.

—Y el alza vendrá en pocos días—contesta Quilito convencido;—¡ya lo verás!

Las ideas de pérdida y de insolvencia que, a pesar suyo, se entrechocan en su cerebro, les produce desagradable comezón.

—Si pierdo—piensa Jacinto,—pagará el viejo.

Quilito no tiene viejo que pague los platos rotos, y piensa que si pierde, no tendrá más recurso que el tirito prometido a la tía Silda.

Las alternativas de la suerte les mantiene en una agitación penosa, y diariamente van a leer su sentencia en la pizarra; ningún curso de catedrático es seguido con más asiduidad que este de la Bolsa, dictado por el demonio del juego. Allí están los dos primos, a la misma hora, infaltables, ya alegres, ya decaídos, según el número que marca la tiza; ayer en la primera rueda la fortuna les sonrió, hoy se les muestra huraña.