—¿Sabes, Agapo, cuál ha sido la causa?
Y Agapo decía que no, que él no sabía nada, no quería saber nada; contrariado, ya no sonreía, arrojando miradas feroces a su alrededor, como si aquel lujo insolente, al despertarse el recuerdo del pasado, insultara su miseria e irritara sus nervios.
Se oyeron pasos y voces en la escalera.
—No huyas, que será alguno de esos fastidiosos que asedian a papá todos los días.
Pero el atorrante, que creyó percibir dejo de mujer, apresuróse a cargar el lío y a escapar, temiendo tropezar con su cuñada y que le sorprendiera en flagrante delito de profanación y sacrilegio.
—Adiós, Nanita; ¡Dios te lo pague, hija!
Fué a abrir la puerta, a tiempo que misia Gregoria entraba, con Angelita.
—¿Aquí?—chilló la señora;—se te ha dicho que no pases de la puerta, ¡y tú lo consientes, Susana! El no tiene la culpa, naturalmente. ¡Si Bernardino estuviera en casa, él te ajustaría las cuentas, vagabundo!
Agapo, sin decir palabra, embistió al hueco que dejaba libre la corpulencia de misia Gregoria en la puerta, y salió al vestíbulo, empujando a la cuñada sin miramientos.
—¡Ordinario, vulgarote!—vociferó ella.