—¿Qué tienes, mamá? ¿qué ha pasado?
Misia Gregoria no contestaba; su llanto era tan copioso, tan sentido, que no podía hablar. Y Susana, afligida, repetía:
—Mamá, ¿por qué lloras? dime, ¿por qué?
Entre el hipo de los sollozos, la señora articuló:
—¿Sabes? lo que ha dicho Angela... es la verdad... ¡la terrible verdad!
La joven, sin comprender, exclamó:
—¿Que nos vamos a la estancia? ¡Mejor! ¿Y eso te aflige tanto?
La madre volvió a besarla largamente. ¡Qué inocente era! Se afligía, sí, pero no por salir de la ciudad, sino... por lo otro, ¡un golpe tan duro y terrible! se afligía, porque este golpe alcanzaba a sus hijos, a su buena y querida Nanita. Esta, abría tamaños ojos. La madre, bruscamente, repuso:
—En medio de todo, debiera alegrarme de nuestra desgracia, porque esa gente, esa chusma, te había ya tendido el lazo y en él ibas a caer, tarde o temprano; tengo la experiencia de estas cosas, y sé en lo que viene a parar la oposición de los padres en lucha con el capricho de los hijos; porque no me lo niegues, no me digas que no: estás encaprichada con ese renacuajo de Quilito.
—¡Mamá!—suplicó Susana.