Y echado sobre las almohadas, miraba pálido las dos tarjetas, que le sacaban la lengua sobre la mesa de noche, diciendo una: Rocchio, y la otra: Portas, y las letras negras de estos dos nombres bailaban sobre la cartulina, dándole mareos. Media hora después, vino la tarjeta número 3, y de la mano temblona de don Bernardino pasó al lugar de las otras.

—¡Que no, que no recibo!—repitió, con un juramento.

—Señor—insistió el criado,—dice que tiene que ver forzosamente al señor; que se trata de un asunto de interés.

Don Bernardino cogió de nuevo la tarjeta y leyó: Robert.

—Bueno, que pase; acabemos.

Pidió a misia Gregoria que arreglase las mantas del lecho, que abriera las cortinas y le diera el espejo de mano.

—Mucho quieres componerte—dijo la gruesa señora, mirando desconfiada a la tarjeta que el marido retenía en la mano,—¿quién es ese afortunado que así logra violar la consigna?

—Déjame solo, Gregoria, y no vengas sino cuando yo llame.

—A mí no me la pega—refunfuñó misia Gregoria,—éste debe ser un emisario de la rubia, que viene a traer las condiciones de la paz. Ya les daré yo buenas paces.

Se entretuvo mangoneando en la habitación un rato y salió á esconderse detrás de la cortina, que cubría la entrada de la pieza inmediata.