—¡Ah, Gregoria, Gregoria, si no sabes de la misa la mitad!—exclamó don Bernardino con un gesto desesperado.

Y soltó la bomba. ¡Si allí el arruinado no era solo Jacintito, sino él también, el opulento, el millonario don Bernardino Esteven! Desgarró la manta, tal fué la crispadura de sus dedos. Y misia Gregoria, sofocada por la revelación terrible, muda, miraba a su marido, parpadeándole los ojillos espantados.

Esteven repuso:

—¿Lo has oído? sí, hija, arruinado, arruinado, así, como te lo digo.

Hundió la cabeza en las almohadas, dando un suspiro. La señora repetía entre dientes:

—¡Arruinado, arruinado!—como si la palabra fuera de un idioma extraño y buscara la significación.

Después de un rato, vuelta en sí, viendo que don Bernardino callaba, dijo con desmayada voz:

—No sé, Bernardino, no te comprendo, ¿he oído bien? explícate, si no quieres que me vuelva loca.

¡Explicaciones! hay cosas que no se explican; vienen porque sí, cuando menos se piensa, de la manera más imprevista. La fiebre de los negocios dominando al país entero; la alucinación de las ganancias fabulosas, que no era más que un síntoma de la misma enfermedad; a ciegas, en el laberinto de la especulación, la tierra pronto falta a los pies, no se pisa seguro, no se sabe por dónde se anda... Llega el día de la liquidación, se hace el balance, se buscan las soberbias cantidades con su lucido cortejo de ceros, que en el papel cautivaban la vista... el fondo de la caja está agujereado y por los intersticios han salido los números, como gotas de agua, evaporándose. ¡Y hay que pagar! empieza entonces la caza del oro, que se escabulle, se resiste, se escapa; y como el tiempo apremia, no habiendo ya otro recurso, se cogen los cuatro cascotes de la ciudad y los cuatro terrones del campo y se arrojan, como presa, a la jauría de acreedores. Es lo que él había hecho. Dió un nuevo revés al gorro y se lo echó a la nuca.

—De modo...—dijo misia Gregoria, que no podía respirar.