Después de comer reanudamos la partida, que fue prolongándose y prolongándose hasta las diez de la mañana del día siguiente... Yo quería seguir jugando aún; pero mis compañeros se rehusaron porque se caían de sueño, y me prometieron el desquite para cuando lo pidiese... Porque yo perdía... ¿Cuánto? Ya ni me acuerdo; sólo sé que llevaba mis bolsillos llenos de cheques en blanco, por prevención para responder en caso de apuro. ¡Y no me vinieron mal los cheques!... Además, nadie me apuraba. Mis «partners» eran mis amigos y conocían mi honestidad. El dinero ganado no les producía el menor gusto por sí mismo, sino por el triunfo que representaba. Así al menos lo creía yo, y ellos también creían...
La chapetonada del aprendizaje me costó, en una semana, un par de miles de pesos. Pero pronto aprendí a jugar discretamente, equilibrando pérdidas y ganancias. Como Dios protege a los inocentes, tuve suerte y llegué luego hasta ganar algunas veces. Y como la suerte viene por rachas, no sólo en el juego fui feliz, sino también en los negocios y el amor.
Los toros y ovejas de la «cabaña» se vendieron a excelentes precios, y mis tíos, los dueños del establecimiento, aumentaron en premio el tanto por ciento de mis ganancias. Y si me fue bien con mis toros, mis ovejas y mis tíos, mejor me fue con mi novia.
Mi novia, es decir, mi pretendida, era una niña encantadora llamada Clarita. Conmovida por mis miradas incendiarias, me ofreció su casa, y su madre me invitó a comer. Mi nave iba viento en popa...
Durante la comida dije a la niña muchas ternezas. Ella me agradecía, ruborizábase y bajaba los ojos... Yo era el más contento de los hombres sentados ante una mesa donde se sirve una mala comida (porque la comida era mala, lo diré de paso).
Después de comer—¡y aquí principia el cambio de mi fortuna!—pregunté a mis futuros suegros si les gustaba el bridge... Esperaba yo me contestaran que deliraban por él, como personas comme il faut... Pues en vez de eso, el dueño de casa se rascó la nariz, preguntando extrañado:
—¿El bridge?... ¿Es un juego de billar?...
Sentime en el colmo de la indignación. ¿De dónde podría salir esta gente, que no sabía lo que era el bridge? Creí que ante mis plantas se abría un abismo... ¡No, yo no podía aliarme con una familia tan... cualquier cosa! ¡Yo no podía quedar un instante más en una casa tan cursi! Por eso, sin contestar al anfitrión si era o no el bridge un juego de billar, me despedí bruscamente...
Salí de la sala tan fastidiado que no permití que nadie me acompañara. En el «hall», mientras me ponía el gabán, oí que los dueños de casa se consultaban, estupefactos...
—Se irá porque tiene siempre la costumbre de jugar al billar después de comer—decía la señora.