En la clase se hizo un gran silencio de curiosidad y expectativa...
Monsieur Jaccotot tomó el cuaderno y lo abrió en su primera página. Leyó allí la siguiente carátula, escrita con perfilada letra gótica: «Vida de monsieur Jaccotot (novela de malas costumbres) por M. V.; ilustrada por el autor; segunda edición, aumentada y cuidadosamente corregida»; luego veíase un escudo burlescamente dibujado, y, como pie de imprenta, el nombre del colegio y la fecha...
—¿Quién ha hecho esto?—preguntó el profesor con voz sorda, esperando el silencio con que tantas otras veces se acogiera una pregunta semejante...
Pero ahora, la travesura tenía su editor responsable. Marcelo Valdés, el mejor estudiante de la clase, el preferido de monsieur Jaccotot, se puso de pie y dijo, tartamudeando:
—Yo he sido, monsieur Jaccotot... No creía hacer nada malo... Le pido que me disculpe...
Al ver a su discípulo rojo de vergüenza y oírle hablar en un tono de humilde arrepentimiento, perfectamente nuevo y desconocido en aquella clase, que él llamaba de «indios rebeldes», monsieur Jaccotot sintió intensa sorpresa... ¿Qué insólito caso se le presentaba?... Dispúsose pues, a leer el manuscrito y dio rápidamente vuelta la página de la carátula. Encontrose en la segunda con una tosca e irrecognoscible imagen, que sin duda le representaba, pues abajo tenía la siguiente leyenda: «Retrato de monsieur Jaccotot, por el autor». Al verse tan mal representado, el profesor no pudo menos de reírse, y pasó a la siguiente hoja... La clase seguía en su silencio de curiosidad y expectativa...
Leyó monsieur Jaccotot los epígrafes de «Capítulo primero, Tribulaciones de un marido en Francia», y se enrojeció hasta la calva... En efecto, él había sido un marido desgraciado en Francia. Por eso había tenido que abandonar allí su posición universitaria; por eso, absolutamente incapaz para los negocios, veíase obligado a enseñar aquí en un colegio particular...
¿Cómo podían sospecharse en la clase sus pasadas tribulaciones domésticas?... ¡Ah, sí!... ¡Ya lo recordaba!... Habiéndole visto un domingo el alumno Mario Aguilar de paseo con su hija, díjole zumbonamente el lunes, cuando iba a dictar su curso:
—¡Lo felicitamos, monsieur Jaccotot!... Ya lo vimos ayer paseando con una linda rubia...
El maestro contestó, con un dejo de orgullo, que no pasó inadvertido a las maliciosas orejas de los muchachos: