—No le hagas caso, Juanillo. Tu cuento-poema no carece de mérito por cierto... Pero tiene también sus defectos. El principal es contener demasiado argumento. Hay plétora de argumento. No necesitas hablar de tantas cosas, ni narrarlas sucesivamente como en los cuentos para niños. Busca la sensación, ¡ante todo la sensación! Y la sensación poética es producto de musicales combinaciones de palabras y no de lógica sucesión de ideas, ¡Música, música, mucha música! Y después luz, ¡oh la luz! Tú has de alcanzar todo eso, sí, tú llegarás. Ya esta composición marca un progreso sobre la primera, la tercera será mejor que la segunda, la cuarta que la tercera, la quinta que la cuarta, la sexta que la quinta, y así de seguido... hasta que llegues a la obra maestra.

Juanillo no sabía qué pensar ni qué decir, porque si en la progresión aritmética la obra-maestra sólo debía llegar en la composición número 3527, por ejemplo, ¡más le valía renunciar a la literatura!

Muy oportunamente intervino Aristarco:

—Tiene razón del Laurel, la sensación es lo primero. Pues para describir bien la sensación (no eches esto en saco roto, Juanillo), es conveniente haberla experimentado antes. Trata de ver lo que vas a describir, y sólo después podrás describirlo con relieve y sinceridad.

—No te desanimes, Juanillo—agregó del Laurel.—Recuerda que Flaubert rompió a Maupassant más de 125 manuscritos, antes de darle su aprobación al primero que publicara. Corrigiendo una y mil veces su estilo, decía: «La prosa nunca está concluida».

Esto ya era un consuelo. 125 manuscritos rápidos pueden hacerse en un año. ¡No había, pues, que remontarse hasta la alarmante suma de 3527 que al principio imaginara!

Juanillo se despidió más calmado, oyendo desde la puerta las últimas observaciones de Aristarco y de del Laurel.

—No te olvides; experimenta primero la sensación,—repetía el uno.

—¡Música, música, mucha música! Y después luz, ¡oh, la luz!—repetía el otro.

Otra vez quedó perplejo Juanillo. Lo de «experimentar antes la sensación» le parecía un buen consejo. Mas, ¿dónde hallar en la democrática ciudad de Buenos Aires una princesa pálida y triste, para estudiarla? ¿Dónde el albatros volando sobre embravecidas olas? ¿Dónde el gótico cementerio y el campo de asfodelos, iris blancos y los lises rojos?... Sólo cisnes en un lago verdinegro, eso si podía observar a gusto, en la estancia de su padrino, por ejemplo... ¡Eureka! Experimentaría los cisnes y después escribiría sobre ellos, exclusivamente sobre ellos, su cuento-poema. ¿No le había dicho del Laurel que, al fin y al cabo, al mismo tiempo no se necesitaban todos los «ingredientes» preconizados por Aristarco? Para una composición única, ¡bastaban y hasta sobraban los cisnes!