—¿No sabe usted que la señora vive mirándose en ellos?—continuó quejumbrosamente el mayordomo.—¿Qué le vamos a decir cuando venga? ¡Y cisnes domésticos no hay en venta en Pehuajó ni en ninguna parte por aquí! Estos fueron traídos de Buenos-Aires con gran trabajo... Pero, ¿para qué los ha muerto, si no soy curioso, don Juan? ¿para qué?...

Juanillo guardó prudente silencio. ¿Cómo iba a explicar a aquella ignorante y pobre gente la intención estética que tuviera? ¿cómo?...

Terminadas las lamentaciones del mayordomo, la mayordoma comenzó las suyas:

—¡Dios mío! ¡matar esos cisnes tan lindos que eran como los hijos de la señora!... ¿Y qué nos dirá la señora? ¿Y qué le diremos a la señora?...

—¡Si los cisnes no se comen, don Juan, no se comen—agregó el mayordomo.—En el campo hubiera encontrado usted caza cuanta quisiera: patos, martinetas, perdices...

Para Juanillo, que estaba como anonadado por su obra, esta última observación fue un rayo de luz...

—¿Dice usted que no se comen los cisnes, don José?—preguntó triunfalmente.—¡Pues sí que se comen, y muy ricos que son! ¿Para qué los hubiera matado sino para comerlos?

En la estupefacción general, observó la voz agria de la mayordoma:

—Usted dirá los pichones de ganso; pero los cisnes, los cisnes...

—¡No digo los pichones de ganso, digo los cisnes, señora!—afirmó Juanillo dignamente.