Adolfo había protestado.
—Yo no puedo permitir, Laura, que tú vayas a soterrarte, en plena juventud, en un pueblo de campo. Quédate más bien en casa de cualquiera de nuestros tíos, como te lo pidieron, y déjame a mi solo...
Laura replicó:
—De ningún modo. No te cuidarías, a pesar de que todavía estás a tiempo... Iremos a cuidarte con Coca. Te haremos allá un confortable hogar... Para nosotras no será sacrificio alguno, porque llevaremos un largo luto antes de podernos distraer y divertir. Y en ninguna parte se lleva mejor el luto que en el campo.
Accedió Adolfo, y fue a instalarse con sus dos hermanas en una modesta casa-quinta del pueblo donde debía desempeñar su nuevo cargo. Ignacio no los acompañaba porque, siendo alférez, vivía en el cuartel su vida militar.
Hizo Laura prodigios con el poco dinero que llevaran y con el escaso sueldo de su hermano. Poco a poco, comprando un mes un mueble y otro mes otro, amuebló toda la casa. La hizo pintar, empapelar, decorar. Llenó las habitaciones de tiestos, moños, grabados ingleses, mecedoras, almohadones, lámparas con delicados abat-jours... Hizo arreglar el jardín, improvisó una huerta, cuidó un corral de aves domésticas... Y todo esto, agregado a su biblioteca, su subscripción a varias revistas, y a sus habilidades caseras, hicieron de la casita un verdadero oasis en el desierto de Tandil.
Adolfo olvidó allá su perdida mujer, que no fuera, por cierto, un dechado de diligencia... De carácter tranquilo, acostumbrose pronto a la sosegada vida de un burócrata de aldea. Puso todo su empeño en el servicio del banco y encontró allí una distracción y un rumbo. Llegó así otra vez a comprender el bonheur de vivre y a amar la vida. En consecuencia, su sangre tuvo vigor bastante para cicatrizar las incipientes llagas de sus pulmones, y se sintió fortalecido y casi curado.
En aquella monótona existencia campestre de la familia de Itualde, también corría el tiempo. Y Laura cumplió los treinta años, Coca los veinte. Como la sociedad mejor del Tandil era rústica y cuentista, la habían evitado en su vida discreta y retirada. Temían, y con razón, que su superioridad chocase demasiado en aquel medio y que la maledicencia tomase pronto el desquite...
Por ahora, las «morochas» del pueblo se contentaban con llamarlas «esas orgullosas de Itualde». ¡Y había que ver con cuánto menosprecio las calificaban de «orgullosas», sabiendo que no eran ricas!... Poco les importaba a ellas este menosprecio, con tal de que las habladurías no pasaran a mayores...
Constituían la única verdadera diversión de las dos muchachas huérfanas las cortas temporadas que pasaban en Buenos-Aires, en las casas de sus parientes. Pero nunca quisieron, especialmente Laura, prolongar esas ausencias, por no dejar largo tiempo solo a Adolfo.