—¿Será éste el Pérez que yo he inventado?—preguntaba Coca, entre divertida y fastidiada.
—¡Vaya una gracia con el Pérez que inventaste!—respondió Laura.
—Sí, pero lo inventé en familia,—agregaba Coca,—para nosotras y no para que estos indiscretos de los periódicos la creyeran y repitieran... ¡Sólo Vázquez puede haberla contado!... ¡Francamente, yo lo creía más discreto!... ¡Ya me las pagará!
—Deja tranquilo a Vázquez, que él no tiene la culpa. La culpa es tuya y nada más que tuya, que estabas continuamente insistiendo con la bromita de tu Pérez... ¡Alguna vez iba a divulgarse la noticia, si tú, la interesada, parecías hacer para ello lo posible!... ¿Querías que Vázquez te guardara eternamente el secreto?... Además, todavía no sabemos si ha sido él... ¡Y debemos presumir que en ningún caso él ha dado la noticia a esos papeluchos, y menos en esa forma asertiva y categórica!
—¡Es para morirse de risa... esto de que me casen con un personaje de mi propia invención!
—No es sólo para reírse, Coca. También hay que desmentir la noticia, pues que te perjudica...
—Pero si el novio es un fantasma imaginario...
—No importa. La gente te creerá comprometida... ¡Hay que desmentir hoy mismo!...
—¿Descubriendo que no existe semejante capitán Pérez?... ¡Por favor, Laura!...
—No hay necesidad de decir eso. Daremos por cierta la existencia de tu capitán, y sólo negaremos tu compromiso. Deja que yo hable con Adolfo, para que él pida una rectificación en La Mañana. Y pierde cuidado... ¡No descubriré tu mentirilla, para no avergonzarte, como lo merecías, por faltar a la verdad!