Naturalmente, no siempre coincidían las ideas de los interlocutores. Y al chocarse las opiniones contrarias, se iniciaban interminables contiendas. Los contendientes barajaban en sus largas peroratas y mariscalendas las fundamentales ideas de honor, patria, verdad, progreso, etc., etc. Estas ideas eran en gran parte tomadas de la prensa local. Porque aun después del «lance de honor», El Correo de las Niñas y La Mañana siguieron tratando el asunto Pérez, si bien evitaban incurrir de nuevo en ingratas cuestiones personales y de campanario.

Más de una vez se temió que las discusiones degenerasen en disputas, las disputas en peleas, las peleas en batallas... Algunos bofetones y botellazos volaron en la estación ferroviaria y en el Club Social... También hubo sus trifulcas en la escuela. Marciano Esperoni, un sobrino de Publio, se permitía vociferar contra el capitán Pérez, al cual prodigaba los epítetos más injuriosos y hasta obcenos... Al oírle, Atanasio Luque, el hermano menor de Jacinto, replicole como se merecía... Y sin respeto al maestro, que estaba presente, los dos alumnos, después de insultarse a gusto, se vinieron a las manos... Los antiperecistas (futuros radicales) tomaron inmediatamente la parte del pequeño Esperoni, los perecistas (futuros conservadores) la de Luque... ¡Y tal fue la batahola, que tuvo que venir la policía a aplacarla! Los pisos, los bancos, los mapas, los pizarrones, todo quedó para siempre salpicado de sangre arrancada de las narices a feroces soplamocos.

Alarmado por la exaltación general de los ánimos, el comisario pidió a la provincia se reforzara la policía con nuevo personal...

El cura, desde el púlpito, fulminó a los antiperecistas, declamando contra la calumnia y la difamación. ¡Menester era cortar, una por todas, las siete cabezas de esa hidra feroz, para salvar el honor de la patria y la santidad de la iglesia!

También las bellas artes contribuyeron a la terrible lucha de ideas que tenía por teatro el pueblo del Tandil. En un semanario cómico popular, el Pica-pica, de furiosas ideas radicales y por ende netamente antiperecista, aparecieron una serie de caricaturas del «Gran Capitán» (ya se podía llamar a Pérez como a Gonzalo de Córdova). Representábasele en ellas de puerco, de serpiente, de «clown», y hasta de «mascarita», es decir, ¡poniéndose por careta la noble imagen de Dreyfus!...

El «maestro» Thigi, director de la única banda de música que había en el pueblo, era compositor y perecista. Por eso compuso una marcha militar titulada «La marcha del capitán Pérez», que, en los conciertos populares de los jueves, arrancaba los aplausos de una mitad del público y la rechifla de la otra... Dos o tres anarquistas llegaron a interrumpir la preciosa música, que tenía sus pujos de wagneriana, con retumbantes rebuznos, para los cuales poseían particular habilidad. El «maestro Thigi» mandó entonces al del bombo que cubriera los rebuznos, en cualquier momento que se oyeran, con estruendosos golpes. Pero los rebuznos eran más fuertes que el bombo, y echaban a perder los mejores efectos de la pieza... Para acallarlos tuvo que intervenir el comisario, con amenazas y juramentos...

El comisario deseaba permanecer neutral. Se decía sólo partidario del orden y del derecho. Mas nadie ignoraba que, en el fondo de su sensible corazón de patriota (un comisario tiene corazón como los demás hombres), inclinábase hacia la causa del capitán Pérez; conceptuábala como la Causa de la Justicia y de la Patria. Esta tendencia oficial contenía un tanto los avances y rabiosos desmanes de antimilitaristas y anarquistas. «La paz reinaba en Varsovia»... ¡Felizmente para el Tandil!

VI

Intimidados por la tormenta de las «pasiones populares» y deseosos de evitarla, Adolfo Itualde y sus hermanas refugiáronse en su casa-quinta. Hasta allí llegaban, sin embargo, los ecos de la lucha, ¡y de modo harto expresivo!...

Los partidarios de Pérez enviaban su adhesión a la familia que suponían lo representara en el pueblo, en forma de felicitaciones para Coca, por su compromiso. El compromiso era el pretexto de hacer presente su simpatía. Nadie se daba, pues, por enterado de la rectificación de La Mañana... ¡Y había que aguantar aquel chubasco de inoportunísimas enhorabuenas!