Tomó Adolfo la carta, alegrose al reconocer la letra del sobre, y, rasgándolo con rápida mano, exclamó:
—¡Es una carta de Ignacio!
—Tiempo era de que escribiese—dijo Laura.—Veinte o más días hace que no nos daba noticias suyas.
—Cuando ha pasado tanto tiempo sin escribir—observó Adolfo,—ha de ser porque está para tomarse unas vacaciones y venirnos a ver... ¡Será una felicidad que podamos festejar con él el compromiso de Coca! Y veremos lo que diga—añadió chanceando,—porque yo no me atrevo a aprobarlo sin consultar...
Estaba escrito que Adolfo Itualde iría aquella mañana de sorpresa en sorpresa... Leyó las primeras líneas de la carta, las volvió a leer, las releyó de nuevo, restregándose los ojos con la mano como si no viera bien, frunció el ceño y prorrumpió en un:
—¡No puede ser!... ¡No puedo ser!...
Como electrizadas de curiosidad y de alarma, Laura y Coca preguntaron a un tiempo:
—¿Qué?...
En la fisonomía de Adolfo se pintaban el pasmo, la duda, el susto, la risa... mientras decía incoherentemente:
—O es una broma de Ignacio... O Coca me ha engañado... O es una superlativa coincidencia...