—¡En cuerpo y alma!... ¿Quién lo creyera?... ¡En cuerpo y alma!...
Laura explicó el caso como una mera casualidad. ¡Habría tantos Pérez en el ejército!...
Coca pidió, ahora con más razón, que no se le dijera una palabra a Vázquez. Ella se arreglaría con él, sin descubrir aún su broma...
Y Adolfo, encarando la cuestión por el lado práctico, opinó que convenía evitar el encuentro de Coca y el capitán. Pero, ¿cómo?... Coca no podía huir a Buenos-Aires el día que llegaba al Tandil su hermano, después de año y medio de ausencia... A Ignacio no podía enviársele telegrama alguno, para que aplazase la invitación a Pérez, pues que ya venían los dos en viaje... Alojar a Pérez en la casa era impropio, después de lo sucedido... Mandarle al pésimo hotel del pueblo era cruel... ¡Qué problema de más difícil solución!... Observó Coca que recordaba el de aquel pobre hombre que tenía que transportar al otro lado del río una cabra, una col y un lobo, sin que la cabra se comiera la col, ni el lobo la cabra. Contaba para ello con un pequeño bote dentro del cual sólo cabía cada vez una de las tres cosas. Y no podía dejar, en ninguna de las dos orillas, ni al lobo con la cabra, ni a la cabra con la col...
Después de mucho discutir, los tres hermanos convinieron en arreglarle a la visita una pieza en el hotel, e invitarlo diariamente a almorzar y a comer. Coca lo evitaría, explicándose con don Mariano...
Don Mariano supo en el día la terrible noticia. ¡El capitán Pérez estaba ad portas!... Sin perder un momento, requirió una contestación categórica de Coca... Y Coca, que no quería otra cosa, le juró que jamás había amado al capitán Pérez...
Vázquez le preguntó aún:
—¿Está usted segura, Coca, de no haberlo querido... y de que nunca hubiese llegado a quererlo?...
¡Si estaría segura!... Por eso repuso, mirando hondamente al estanciero:
—¿Llegar a quererlo?... Creo que antes me hubiera enamorado de un títere o de un árbol... ¡Puede usted creerme!