Y con un movimiento impremeditado, en cierto modo inconsciente, Vázquez sacó del bolsillo el pequeño estuche del primer regalo que traía a Coca... Se encontró un tanto perplejo y embarazado con la cajita en la mano... Y de pronto, dijo, pronunciando en tono suplicante una rápida ocurrencia del momento:
—Tengo que pedirle un servicio, un gran servicio, Laura...
Laura hizo un expresivo ademán, como contestando que su mayor felicidad sería poder cumplir el servicio a pedirse...
—He traído un obsequio para su señorita hermana... Le ruego que me lo acepte usted como recuerdo...
Temiendo que el obsequio fuese una joya de alto precio, Laura balbució:
—Pero yo no puedo recibir de usted ese obsequio... Sería incorrecto...
—Recíbalo usted, como me lo ha prometido, y guárdelo como un recuerdo, aunque no quiera usarlo...
Y, diciendo esto, don Mariano se despidió.
Cuando, después de contar a Coca su conversación con Vázquez, salvo lo del obsequio, estuvo Laura sola en su aposento, abrió el estuche... Adentro había una valiosa sortija de dos magníficas piedras, un brillante y un rubí.
«¡Vamos!—se dijo Laura.—La guardaré como en depósito, para devolverla más adelante...» Y ocultó la alhaja en el fondo de un cajón, junto a algunas otras joyas que recibiera de su madre.