—Sí, padre. Pero la princesa se ha convertido... se ha convertido previamente, según los cánones...

—Se ha convertido. ¡Sí... si!... ¿Pero se la ha exorcizado?

—...En su religión protestante llamábase Ena de Battenberg. En su nueva religión de los Reyes Católicos se llama Victoria... ¡Es una bella y virtuosa reina!

Nada más quiso oír el gran inquisidor de Felipe II; agarrándose la cabeza gritó:

—¡Una hereje en el trono de Carlos V! ¡Una hechicera, llamada Ena, usurpando la corona de Isabel de Castilla! ¡Oh Dios mío, apiádate de tu desgraciada España, apiádate de tu desgraciada ahora y otrora tan fiel y gloriosa España!—Y se retiró a su aposento con lágrimas en los ojos y fuego en los labios.

En un silencio de tumba sintiose como un soplo de destrucción y profecía...

—«Sacrement de Dieu!»—interrumpió el gascón, después de una pausa.—«Jamais je ne pourrais comprendre cet esprit d'exaltation hugonotte qu'on trouve dans le catolicisme d'Espagne.»

—Más os valiera no hablar de ello, si no lo comprendéis—observole don Fernando.—Y agregó, dirigiéndose a toda la compañía:—Buenas noches.

—Buenas noches—respondieron uno a uno, levantándose todos antes de concluir la comida, no sin empinarse el gascón dos o tres copas más de vino tinto.

Sintiendo un vago e indefinible malestar, retirose cada cual a su aposento, a hacer sólo las oraciones, que las demás noches hicieran juntos, bajo la dirección del dominico, en la polvorosa capilla.