—Tengamos paciencia. Es muy inteligente. Parece un hombre. No le falta más que hablar... Con el tiempo ha de aprenderlo todo. Dejará lejos a Pichón, el elefante de Niní de Montecristo. ¿Y sabes cuánto le pagan a Niní en el Olimpia?... ¡Mil francos por noche!
Ante el convincente argumento del caso de Niní, Raguet se callaba, no sin rezongarle antes a Catalina:
—Si es así, debes apurarte en amaestrar a tu Cónsul. ¡Van ya para tres meses que estás de haragana, sin hacer nada!
Raguet iba para treinta años, justo su edad, que vivía de haragán, sin hacer nada más que gastar lo que pidiere o trampeare... No obstante de saberlo muy bien Catalina, se limitaba a pedirle perdón:
—¡No te enojes, Raguet! Cada uno hace lo que puede... La gente ya estaba cansada de los vampiros...
Sin contestar a la domadora domada, Raguet, con un hambre de diez o doce horas de vagabundeo, replicaba con voz tonante:
—¡Basta de Cónsul! Dame pronto lo que tengas de comida...
Y Catalina corría a la cocina, de donde volvía triunfante a la media hora, con alguna cazuelilla improvisada. Servíale a su hombre, con el mejor vino que encontraba, y lo miraba mientras él comía disimulando su apetito con nuevas quejas:
—¡Esto es una porquería!... Apenas si puede probarse... ¡Es estúpido que no tengas nada mejor, cuando Niní convida con champaña y gallina a Sansón, el hombre de las pesas falsas y de los músculos postizos!
Catalina lo tranquilizaba entonces, como diciéndole con su mirada cariñosa: