Tuvimos que echar a vuelo todas las campanas del cementerio, las colosales campanas de bronce del cementerio, para cubrir el trueno de sus aullidos. Cubre así a veces la cancerosa llaga de una princesa el peplo de lino recamado de rubíes.
—¡El descanso, al fin!—prorrumpió mi esposa sollozando.
—El cementerio es el descanso. Sí, Rosalinda de mi vida.
Porque había llegado el momento de que Nanela se llamase «Rosalinda», yo la llamaba «Rosalinda»... Después la llamé, ¡y siempre tan acertadamente! Isaura, Dioclecia, Xantippa, Agripina, Isabel de Hungría, Delia, Valentina y María de los Dolores.
—Siempre me aciertas el nombre que corresponde al instante en que me hablas. ¡Eso prueba que me quieres y comprendes!—me dijo.—Pero el caso es que yo todavía no sé tu nombre...
—¡Adivínalo!
Esperaba yo que ella me bautizara de mil modos. No fue así. Sólo me observó, sonriendo con tristeza:
—No puedes engañarme. ¿Para qué voy a darte mil nombres, malos y buenos, propicios y funestos, alegres y terribles, si tú mismo, no sabiendo cómo te llamas, no podrás advertirme cuando acierte o desacierte?...
Hice yo un doloroso esfuerzo de memoria... Un largo y doloroso esfuerzo de memoria... Y no conseguía acordarme de mi nombre. Pude decir entonces:
—Nunca tuve nombre. O, si lo tuve, ya no lo tengo. Lo he perdido. Y, aunque salamandra para los órganos materiales de mi cuerpo, ¡no sé retoñar mi nombre!