También Ælianus, en su Variæ Historiæ, lib. III, cap. XVIII, obra que escribió el año 136 de la era de Cristo, asegura que "un extenso Continente existía más allá del Océano; que los habitantes de ese Continente son de mayor altura que los del Antiguo Mundo, con leyes y costumbres distintas de las de los demás pueblos;" agregando este autor, que "en ese Continente hay tal cantidad de oro y plata, que estos metales son menos estimados que el hierro."
Pausanias, insigne geógrafo griego, que vivió en el siglo II de la era cristiana, en su Itinerario de Grecia, cuenta que un tal Euphemus descubrió en el año 150, algunas islas cuyos habitantes, de piel roja, tenían largas colas como los caballos, los que no serían otros, según el P. Lafiteau, que los Caribes, dueños entonces de las Antillas: estos indios cuando se hallaban en guerra, entre otros adornos horrorosos, se ponían largas colas postizas.
R. Festo Avieno, que vivía en el siglo IV de la era vulgar, asegura que: "más allá del Océano, hay tierras y márgenes de otro Mundo."
Y más posteriormente aún, el franciscano inglés, Rogerio Bacón, apellidado el "Doctor Admirable"[38], y con él el domínico alemán Alberto el Grande[39], ambos florecidos en el siglo XIII, creían que del otro lado del Océano habían países desconocidos, supuesto que se decía que en tiempos lejanos los navegantes Fenicios habían atravesado el Océano Atlántico, que habían poblado las islas Canarias y habían continuado navegando hasta abordar á la costa de la Florida, cerca de Cuba.
Según testimonio de autorizados historiadores, el Atlántico ha sido cruzado frecuentemente por los antiguos: de allí surge la probabilidad de que América era conocida desde época remota por los pueblos antiguos que surcaban los mares cuando había facilidad de comunicación entre los Continentes del Antiguo y Nuevo Mundo, que en aquellos remotos tiempos se hallaban casi unidos por la gran isla Atlántida.
En resumen, el presentimiento y casi la convicción que algunos antiguos sabios tenían de la existencia de otros países desconocidos, situados en las regiones occidentales de la Tierra, que suponían habitados, están confirmados por las diversas expediciones que, desde el siglo IX hasta el XII, realizaron los escandinavos á las costas de la América Septentrional; expediciones que, desgraciadamente, no han producido ningún resultado favorable para América, siendo preciso que trascurrieran tres siglos más para que Cristobal Colón legara un Nuevo Mundo á la Corona de España.
Debe agregarse, que las diversas expediciones marítimas que en tiempos antiguos se efectuaron en el Océano Atlántico, se realizaron sin el uso de la brújula, que aún no era conocida, pues se guiaban, de día, por la marcha del sol, y de noche, por la de la luna y las estrellas, principalmente por la observación de las constelaciones de Canope, Hélice ó Grande Osa, y por Cynocura ó Pequeña Osa. Empero, este instrumento tan necesario para las largas navegaciones, fué conocido de los Chinos, que lo inventaron, se dice, 2697 años antes de la era cristiana, ó sea, bajo el reinado del emperador Hoang-Ti; pero, por el extracto que Leroux y De Guignes hicieron de los anales de ese Imperio, parece que solamente fué inventado 1115 años antes de nuestra era. Marco Polo, en su libro Las Maravillas del Mundo, confirma este hecho.
Cierto es, que los Fenicios, los Griegos y los Arabes, según opinión de algunos autores, han conocido, antes de la invención de la brújula, la aguja imantada ó hierro magnético; pero no la han aplicado á la navegación.
Juan Clopinel[40], en su Román de la Rose, y Guyot de Provins en su poema Biblia Guyot, dicen que desde el siglo XII se usaba en Francia un instrumento algo parecido á la brújula llamado marinette ó calamite, que arreglaba la marcha de las embarcaciones en los tiempos nebulosos; otros autores creen que la brújula fué descubierta por un napolitano llamado Flavio de Gioja, de Amalfi, que vivió en el siglo XIII; algunos otros autores dicen que es de origen inglés ó, á lo menos, que en Inglaterra se ha perfeccionado la manera de suspender la caja en que se halla la aguja imantada. Lo cierto es, que es difícil, si no imposible, decir de una manera absoluta cuál sea el verdadero origen de la brújula.