Francisco Gómez de Gomara, en su «Historia General de América,» cap. CXXII, al ocuparse de los indios de la Provincia de Pachacamac y sus confinantes, dice «Muchos mantuvieron la tradición de que en tiempos antiquísimos había llovido tanto, que se anegó toda la Tierra, á excepción de la elevada cumbre de un monte, donde unos pocos fabricaron una casa con ventanas altas y bien cerradas, y metiendo dentro muchos animales y otros comestibles, salvaron ellos solos sus vidas; que dejando de llover por bastante tiempo, echaron por las ventanas dos perros, y volvieron bañados y sin lodo, conocieron que aún no se habían disminuido las aguas; que pasado más tiempo echaron otros dos perros, y como éstos volvieron secos y con sólo el lodo á las patas, conocieron que había cesado el diluvio; que esperando algunos días más, salieron y volvieron á poblar el Mundo».

Algunos pueblos de la América del Norte conservan igualmente la memoria de una antigua inundación llamada el Diluvio de los Apalaches.

Hasta los Groenlandeses cuentan que el primer hombre creado fué Kallak, y que de su dedo pulgar salió la primera mujer, después de lo cual, el mundo se anegó y no pudo salvar más que un hombre y una mujer.

Basta lo citado sobre las tradiciones de los indígenas respecto al Diluvio, para convencerse que tanto en el Continente del Nuevo Mundo, como en los del Antiguo, se conserva siquiera una idea, un recuerdo de que el Mundo fué sumergido por ese cataclismo universal; tradición que se ha venido conservando entre los Indios desde las primitivas generaciones, pues en su sucesión no interrumpida, han venido comunicándola de padres á hijos.

Como se ve, todas estas tradiciones y muchas otras que no anotamos, porque ello sería demasiado extenso, prueban incontestablemente que el Diluvio de Noé se extendió también al Continente americano; y lo prueba tanto más el derrumbo que el año 1763 tuvo lugar de la mitad del cerro de Coconuco, en el Ecuador, descubriéndose en la otra mitad que quedó en pie, las diversas capas ó listas paralelas de que poco á poco se fué formando dicho cerro, siendo unas de diversos colores de tierra, otras de arenas, otras de piedras; en fin, otras formadas de innumerables especies de caracoles, conchas y otros testáceos, petrificados unos y no petrificados otros. Y aún en el suelo peruano tenemos pruebas evidentes de haberse realizado este cataclismo en el Continente americano pues en las inmediaciones de Palta se han encontrado depósitos de conchas marinas á 300 pies de altura sobre el nivel del mar; Darwin halló iguales conchas en Chile á 1300 pies; Loomis, las halló en las pampas de Iquique á 2500 pies; en Caracoles se han hallado también á 5000 pies de altura; en la mina de Hualgayoc, en Cajamarca situada á 12,000 pies sobre el nivel del mar, encontróse igualmente conchas petrificadas, hecho que fué constatado por el sabio Alejandro de Humboldt; y por último, un joven cateador de minas, llamado Raúl Pérez, encontró el 8 de Diciembre de 1890, en el cerro de Vilque, en la Provincia dé Puno, á más de 12,000 pies sobre el nivel del mar, un caracol de 12 centímetros de longitud por 7 de altura y del peso de 822 gramos, hallazgo que llamó sumamente la atención de las personas que lo vieron.

En conclusión, es un hecho indudable, que la memoria del Diluvio se encuentra en las tradiciones de todos los pueblos de la Tierra, y la ciencia moderna, á este respecto, está también conforme con la Biblia; que es la más antigua historia de aquella catástrofe.

[72] Jafet significa en hebreo, el que se ha difundido por muchas partes.

[73] Ambas razas se han diferenciado siempre en idioma, ilustración y hábitos, pues en tanto que la Turania fué y es aún semi-bárbara, la Indo-Europea ha florecido en todas épocas, por el superior grado de su civilización, por la perfección de sus idiomas y por la riqueza de sus literaturas, teniendo el primer lugar del Género Humano y siendo la raza noble por excelencia, que ha tenido la misión de llevar las artes, las ciencias y la filosofía á un grado de perfección inusitado en los demás pueblos, y llegado á ser, no sólo la más numerosa y difundida de todas, sino la señora del Mundo entero.

[74] Estos indios, que son los Apaches, Navajos, Zunis, Moquis y otros de las comarcas indicadas, conservaban, en tiempo de la conquista española, la tradición de haber habido entre sus antecesores, grandes tribus de hombres blancos, superiores á ellos en civilización. "Hace muchas, muchísimas vides, decían, vivía en este país una raza blanca muy numerosa y muy belicosa: hacían expediciones lejanas, conquistaban muchas tribus y traían muchos esclavos: de éstos procedemos nosotros los Apaches. Los esclavos eran los que excavaban las ciudades subterráneas y cultivaban el maiz. Llegó un tiempo en que los blancos se vieron empeñados en una guerra muy lejos, en el norte, y unos tras otros, todos los guerreros tuvieron que marchar á la pelea; quedaron sólo las mujeres, los ancianos y los niños. Entonces los esclavos vieron que era llegada la hora de recobrar su libertad: concertaron todos, y en un día determinado se alzaron, destruyeron cuanto se oponía á su independencia y huyeron hacia el sud, ocultándose en las fragosidades de la Sierra Madre. Allí formaron pueblo, vivieron largo tiempo generaciones tras generaciones, hasta que otros hombres blancos, los Españoles, vinieron de tierra más al sud todavía, hicieron la guerra á nuestros antepasados y los vencieron. Además, lanzaron contra ellos otras tribus de indios, y después de porfiadas luchas, los Apaches y tribus congéneres tuvieron que emigrar hacia Arizona y Nuevo México."

[75] Otros autores modernos apoyan esa misma hipótesis. Reginal Enock, en su libro intitulado The secret of the Pacific, opina que «los asiáticos prehistóricos llegaron hasta el Continente americano por sobre una tierra que después desapareció bajo las aguas del Pacífico.» Sayas Enriquez dice textualmente: «Cada vez estoy más convencido de que la Pacífida (nombre que él dá al Continente desaparecido en el Océano Pacífico) fué el puente que unió el Antiguo Mundo (Asia) con el Nuevo (América), y de que las razas que poblaron lo que he llamado Región Istmica, en la que conglobo Guatemala, Honduras, Chiapas, Campeche y Yucatán, vinieron del Sud y no del Norte, como se afanan en repetirlo inconcientemente los arqueólogos y etnólogos. Pero como esta hipótesis no está aún plenamente confirmada, hay que dejarla en cuarentena, hasta que su aserto sea reconocido como cierto, evidente é innegable.»