Las tales señoritas se quedaron un buen rato y habiéndose traido algunas botellas de licores en atencion á haberse quejado una de ellas de que tenia el estómago seco, la conversacion se hizo viva y animada. Al fin Cárlos dijo era de opinion que habia ya llegado el buen tiempo de trillar la cemilla, expresion que Oliverio entendió por salir; porque inmediatamente el Camastron, Cárlos y las dos señoritas se marcharon juntos provistos de algun dinero que les dió el bueno del judío para refocilarse durante el camino.

—Y bien amigito! No te parece agradable esta vida? —dijo Fagin —Ya se han marchado por todo el dia!

—Y han concluido su trabajo Señor? —preguntó Oliverio.

—Si; á menos que no encuentren ocupacion en el camino; entonces, no se estarán con las manos plegadas, está seguro. Toma ejemplo de ellos hijo mio: toma ejemplo de ellos! —continuó golpeando el suelo del hogar con el badil como para dar mas fuerza á sus palabras —Haz todo lo que te digan y consúltales en todo, especialmente al Camastron. Este llegará muy alto y tú lo mismo si lo tomas por modelo. ¿Acaso sale el pañuelo de mi faltriquera amiguito? —dijo interumpiéndose secamente.

—Si señor. —respondió Oliverio.

—Prueba pues un poquito si podrias sacarlo sin que yo lo advirtiese, del mismo modo que has visto hacerlo, cuando nos divertíamos hace poco.

Oliverio levantó la faltriquera con una mano como habia visto hacerlo al Camastron y con la otra tiró ligeramente el pañuelo.

—Esta hecho? —preguntó el judío.

—Ahí lo teneis señor! —contestó Oliverio enseñándoselo.

—Eres un muchacho muy diestro amiguito! —dijo el viejo adulador pasando su mano cadavérica sobre la cabeza de Oliverio en señal de aprobacion —No he visto un chico mas hábil. Toma é aquí un schelling para ti. Si continuas de este modo serás el mas grande hombre de tu siglo. Ahora ven aquí para que te enseñe á quitar las señales de los pañuelos.