—¡No! ¡Cállese usted!
El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios de Darnay.
—Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos para usted.
—¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su matrimonio. ¿Me lo promete?
—Con mucho gusto.
—Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!
Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.
—¡Padre!—llamó.—¡Mi querido padre!
Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo. Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.
—¿Qué haré, Dios mío, qué haré?—exclamó.