—No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía... como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes, Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las distinciones sutiles de un prisionero.
Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.
—Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.
—Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.
—Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado, desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad; pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.
—Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana con ese mismo fervor?
—Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas, ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado, como la que espero saborear en lo futuro.
Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban abrazados en la casa.
No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados sus deseos.
El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había alejado, y bebió a su salud.