—¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore—replicó Lorry.

—Yo no lloro; el que llora es usted—replicó la señorita Pross.

—¿Yo, Pross de mis pecados?—preguntó Lorry, que ya se atrevía a bromear con su interlocutora alguna que otra vez.

—Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.

—Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo, diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!

—¡Lo niego!—replicó la señorita Pross.

—¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?

—¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo soltero!

—Lo creo muy probable—contestó Lorry arreglándose el peluquín.

—Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón sempiterno.