La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo:
—¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él!
Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo.
—¡Calma, calma, señorita!—dijo.—Ya pasó todo. Conoce usted todo lo bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero, injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer de abrazarle.
—¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su fantasma!—exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes.
—Réstame otra observación—repuso Lorry, recalcando la palabra, con objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase, y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita Manette!
La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida, perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse.
A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies, pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido, rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer, que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados, lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared más inmediata.
—¡Esa mujer es hombre!—murmuró para sus adentros Lorry, al chocar contra la pared.
—¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!—rugió la mujer roja, dirigiéndose a las criadas.—¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre y todo lo que haga falta!