Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde la silla, replicó:
—Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en Francia, por mi libre y espontánea voluntad?
—¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!—gritó un herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.
Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:
—¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.
—¡Juzgarán!—repitió el herrador, blandiendo el martillo.—Le condenarán por traidor.
Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.
Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:
—Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.
—¡Mientes!—rugió el herrador.—¡Según el decreto, es un traidor!... ¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!